Terminé de leer en estos días un librito de poco más de doscientas páginas que destiné, sin proponérmelo, para consumir en situaciones de espera, como las de los aviones y aeropuertos. Tinta invisible es su título, y su autor es el español gallego Javier Peña. Es un ensayo amigable acerca de las personalidades de escritores famosos, y otros no tanto, que sirvieron de base para las anécdotas que les sucedieron, más allá de si están vivos o no. También, y en un paralelo desordenado, es una especie de bitácora de despedida, póstuma, del autor respecto de su fallecido padre, con quien aquel compartió la gula por los libros y las historias, además de lo obvio. La obra no es nada del otro mundo y puede ser perfectamente olvidable, pero era lo que me atraía en las penumbras del tiempo perdido.
No puede decirse que Tinta invisible carezca de rigurosidad, al fin y al cabo su ideador dotó al texto de más de ciento cincuenta referencias bibliográficas, y por eso las inferencias allí vertidas gozan de sustentación. Sucede que la forma elegida para la palabra escrita, consciente o inconscientemente, semeja una clara oralidad de nuestros días, aquella de los programas pregrabados de Internet que parecen los de una radio sin vida. Y eso tiene consecuencias. Pues, en efecto, Peña tiene un pódcast que se llama Grandes infelices, y que yo, felizmente, no he oído, pues preferiría seguir leyendo lo que tiene que decir, que no es poco ni vacío; así, aunque es aventurado decirlo, no sería extraño suponer que el escritor ha ido adaptando su voz literaria a los decibeles de su propia voz laríngea.
Entonces, tenemos que posiblemente las formas de los dos ámbitos en que trabaja Javier Peña (la escritura que aspira a ser oralidad en el libro que leí, y lo que debe de ser una oralidad que aspira a hacer literatura, en el pódcast) se confunden en una sola cosa en su caso, desde mi perspectiva arbitraria e incompleta. ¿Acaso esto sería así por tratarse de complementos recíprocos, la voz y la letra? Quizás. Agréguese ahora la asunción de que el pegamento que uniría las letras del libro y la voz del pódcast es el fondo (la vida de los escritores), pero especificado a través de un motivo central: para poder escribir ficción, los autores han tenido que perdonarse su propia desdicha, y escribir por y para ella: a pesar de ella, para alejarse de ella, para vencerla o dejarse vencer por su presencia.
Finalmente, tiene sentido: si de lo que se va a hablar es de un tema sombrío, como lo es que las novelas que cuentan densidades han sido pergeñadas a partir de una vida desgraciada, pues tanto da relatar los detalles respectivos de viva voz, aunque grabada, que valiéndose de la pantalla del computador, y luego de la tinta y el papel. Por lo visto, y de ser ciertas mis presunciones de fin de año, en el caso de este biógrafo de anécdotas lo más importante ha sido lo que tenía que decir, y no la manera de hacerlo. Eso hablaría bien de él, pues habitamos un mundo en el que la forma por la forma no es infrecuente en los diversos ámbitos de la creación, ya como ejercicio estilístico, ya como ejercicio de vanidad. Tal vez por eso, durante los espacios silentes de aquellas horas muertas, un libro que me comunicaba algo concreto, y sin mayores pretensiones, resultaba preferible al celular.